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Ciudad Móvil

 
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La obra de Luis E. Camejo se caracteriza por una manifestación constante del orden y el caos. Detrás de las señales que organizan los hábitos de la ciudad, detrás de las reglas de limpieza, las normas de circulación, las leyes de educación urbana, se esconde el caos de la ilegalidad, la sexualidad y los instintos irreprimibles. Se trata de la entropía, de los elementos con su sempiterna tendencia al desorden como un semáforo que enloquece sin explicación alguna, eliminando las leyes de prioridad en la vía y ocasionando el caos de los automóviles desorientados. Sus pinturas parecen explotar en pequeños focos caóticos que aisladamente se ven como un sucederse de luces parpadeantes o un movimiento de traslación luminiscente.

Sin embargo, en otros momentos domina la calma. Como esa extraña atmósfera que provoca una tormenta por llegar -con el cielo grisáceo y los caminantes cabizbajos- el sentimiento evocado es de serenidad inquietante. En sus ciudades el tiempo adquiere personalidad propia y es capaz de correr desmesuradamente o prolongarse al infinito y dejar a la ciudad encapsulada, encerrada en sí misma, atrapada en una enrarecida atmósfera del vacío.

La energía de sus efectos se manifiesta en las obras con una riqueza en aumento. Ese gusto por el dominio de una expresividad pictórica que asalta al espectador desde las sensaciones y el inconsciente, llegan a someterlo a un desarme de todo ese arsenal libresco de informaciones iniciáticas. La sensación de la lluvia y los elementos atmosféricos, la seductora imagen ilusoria de la superficie agredida, rayada o sometida a algún procedimiento químico, el efecto mediante el cual superpone a la escena inicial otra capa de aparentes radiografías.

También en una reciente serie al óleo titulada Sueños, llega a provocar con la pintura la impresión de una pantalla de vídeo donde se retratan fragmentos o escenas entre lo real y lo apócrifo que ha sido inspirada en esa cruda atmósfera de sentimientos evocados por la película Suite Habana. En ellas se pierde el interés por lo anecdótico, quedando el espectador como testigo de escenas enigmáticas, donde lo que acontece se suspende y diluye en el éter pictórico y las sensaciones abstractas.

Las ciudades de Camejo, aunque retratan sitios conocidos y personajes típicos, asoma como modelo y prototipo de una ciudad ideal que desdibuja su rostro -aunque parezca familiar- y se convierte en una ficción metafórica paradigmática. El espacio transmuta semánticamente para ser regido por la simbología de las zonas y los elementos urbanos. Aparecen con fidelidad la idea del límite, el contraste entre el espacio cerrado y el abierto, lo ilusorio encarnado en los reflejos, los haces de luz artificial, los cristales como símbolos morales o figuras que denotan ideas y sentimientos. Son fragmentos que se arreglan en virtud de características muy peculiares y que al final ofrecen la existencia de pequeñas ciudades invisibles: contiguas u ocultas referencias a una ciudad del deseo, de la memoria, de los sueños. Territorios cambiantes que adoptan la forma de una idea, ciudades caleidoscópicas que todos llevamos dentro.

Sus últimas pinturas de la serie Frente Frío, esbozan una lluvia plomiza envolviendo autos y transeúntes como una masa gris. La toxicidad aparente de estas obras no solo parece vivir impregnada en la ciudad y su tráfico, sino bajo la piel de los individuos donde permanece como huella indeleble. El material tóxico que utiliza el pintor para realizar su obra se repite en la toxicidad que desprende el tráfico y que envenena la actitud de sus habitantes, siempre en hostilidad o en una carrera desenfrenada por la competencia. Vuelve a nuestra mente el referente cinematográfico con las famosas escenas de Blade Runner, con sus personajes desvalidos, perdidos en la gran urbe como insectos corroídos por la ilegalidad. En sus pinturas también aparece esa eterna lluvia que desdibuja al ser humano y refleja la caída de los valores y el deterioro de la condición humana.

La teoría del pensamiento contemporáneo ha ido paralela a una visualidad que refleja sus ideales a través de la multifocalidad, el movimiento, las redes de circulación, el traspaso de fronteras y el cosmopolitismo de la gran nación como paradigma de urbe plurilingüista y multinacional. Como bien señala Frederick Jameson en su prólogo a La condición postmoderna , se evidencia un repudio a la comunidad consensual de Habermas, para que la ética postmoderna de Lyotard emerja dramáticamente en un contexto en el que “se disuelve el yo en espacio de redes y relaciones de códigos contradictorios y mensajes interferentes”. Es una visión del mundo que no busca ya la estabilidad del consenso, sino las oscilaciones de ese constante movimiento migratorio, el stress de corrientes indetenidas, el “desequilibrio” que para occidente significan lo marginal y lo extranjero.

Y es el escenario para los ideólogos de la tecnocracia como Daniel Bell, los ilusionados con las promesas de un futurismo consumista y moderno. Es también la loa al neobarroco, a la posibilidad de vivir en la multiplicidad de los códigos y la combinación de historias.

Se trata de una sensibilidad que está patente en obras de todas las manifestaciones artísticas. No podemos olvidar la impronta de la arquitectura postmoderna con el “Learn from las Vegas” planteado por Robert Venturi y su aceptación irónica de ese kitsch del capitalismo moderno, las fotografías de la urbe trasnochada de Peter Bialobrzeski o el mundo surreal de luces de neón en las ciudades tóxicas, bulliciosas y alienantes de la ciencia ficción hollywoodense.

Estamos en presencia de una estética de la ilusión, de una dinámica y un ritmo que ya había sido anunciado desde el campo musical por Miles Davis y su propuesta de una atmósfera de variadas texturas, su sonido electro acústico de fines de los sesenta, su Ronda de Medianoche o su Black Satin, donde se define la abstracción de una música electrónica. Las pinturas de Camejo parecen una traducción visual de todas esas sensaciones que intentan escapar a la convencionalidad (a los manidos tanteos de un conceptualismo vernáculo) refugiándose en lo sensorial. Ensaya una experimentación formal que se aparta de la tradicional postura crítica de las artes visuales cubanas, pero en la que se puede apreciar el accionar de códigos menos explícitos que van desde una expresividad notable, hasta una abstracción apasionada y textural.

Críticos como Lars Bang Larsen abordan el tema de un arte “psicodélico” en los siguientes términos: “La revolución psicodélica de los sesenta derivó su capacidad de descubrir conceptos alternativos y formas de conducta del hecho de que el mundo de disciplina y autoridad adultos han perdido sus recursos de racionalidad”, es por eso que en estas pinturas se recurre a una racionalidad otra, proveniente de referentes musicales que encarnan una psicoquinesia de estímulos y experiencias visuales, con una poética que pareciera emerger de ese segmento experimental del campo musical que encarna el dj en su irracional mezcla sonora.

En la pintura esa especie de caos pictórico aparece también con un virtuosismo en la improvisación, que significa un abandono a la recombinación de experiencias, de informaciones, de lecturas que en la obra se mezclan y reordenan continuamente. El motivo puede ser cualquier escena de interés, poblada de signos citadinos, transeúntes, bicicletas o automóviles. La interpretación hace un esbozo gestual que quizás retome algo de esa pintura extática e irracional propuesta por el arte informal, pero con más intencionalidad en el gesto.

El artista puede volver en ocasiones a una ejecutoria veloz, pero no se encadena a ella y concibe tanto pinturas premeditadas como otras en las que domina la improvisación, se contrarresta el hábito y se dinamita la fórmula. Con esta técnica se analiza escrupulosamente la energía interna de las formas, se investiga en el caos diario como fuente de riqueza creativa.
 
El arte contemporáneo retoma algo de estas búsquedas artísticas al valorizar el momento procesual de la obra y todos los factores que la pueden afectar externamente retirándola de ese pedestal de trascendencia eterna. De esta manera llega a dársele un margen a lo imprevisto en el ritual artístico del creador, en su orden habitual. Esa espontaneidad que entrega la obra a un azar, a una autonomía que puede llegar al extremo de separarla de la voluntad autoral y echar por tierra todos los mitos de idolatría del artista-genio. 

Su obra apareció en el ámbito plástico cubano como un destello de contemporaneidad dentro del paisaje acartonado de pinturas plagadas de un lirismo cansado y afectado. En pinturas como la que le valió el Primer Premio del V Certamen de Pintura de la Fundación Nicomedes García Gómez, está latente una apología al movimiento urbano como si se tratara de un futurista preocupado por ejecutar una suerte de sinfonía moderna.

Camejo parece ilusionarnos con una ciudad irradiando vida en la nocturnidad pletórica de luces y movimiento. Nos recuerda junto a Samuel Nunn que la ciudad es eso que construimos en nuestras mentes y la ciudad móvil de sus pinturas se hace intraducible, imposible de interpretar en otro plano que no sea el sensorial y el de impresiones acumuladas inconscientemente. 
 
Mabel Llevat Soy
La habana 2007

Artista visual, crítico de arte, licenciada en Historia del Arte
 

Ultimo cambio: Nov 13 2010 en 10:46 AM

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