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Hoy en día ha dejado de preocuparnos nuestro lugar en el mundo. No se trata simplemente de un olvido pasajero sobre lo que concierne al ser y al estar, sino de haber relegado o desfuncionalizado cierta dimensión de la utopía. Utopía significa etimológicamente el no-lugar, suerte de duplicación espacial en que se difuminan ciertos límites para pensar el estar desde el ser. Ese núcleo significante se ha desplazado hacia una periferia donde rige, y he aquí el momento en que nos encontramos, una mecánica amparada por el sueño y el deseo. Pensar la utopía en esta hora nos conduce a una zona de inmovilidad intelectiva cuyo límite puede ser corroborado en su pasmosa positividad –hecho que no deja de sorprendernos después de un siglo de combate, precisamente, contra ese paradigma.
Es decir, que la utopía no es ya un situarse en perspectiva con el fin de acceder a otra dimensión sino una mera proyección de arribo a un estado de “felicidad” del que la lógica es expulsada. ¿Cómo entender después de este proceso el llamado de estas pinturas de Luis E. Camejo a reevaluar el espacio?¿En qué perspectiva situar su poética cuando ella misma se autoexcluye de las espectativas de lectura?¿Cómo recolocar sus espacios en el nuestro, que se nos ha hecho a nosotros mismos tan incómodo?. Creo que la efectividad de sus entregas reside en su capacidad para obligarnos a interrogar, y un poco también para poner en crisis, el entramado de relaciones que nos ayuda a consolidar un criterio de verosimilitud, de validez para lidiar con el arte, que es también lidiar con el mundo. Yo me arriesgaría a delimitar aquí dos elementos en su pintura que estarían potenciando esa voluntad por la interrogación.
El primero, de carácter poético, tendría que ver con el seguimiento armónico de un continuo discursivo en torno al paisaje, que es también una de las variantes del lugar. Decía Octavio Paz que “un paisaje no es la descripción,  más o menos acertada, de lo que ven nuestros ojos sino la revelación de lo que está detrás de las apariencias visuales. Un paisaje no está referido a sí mismo sino a otra cosa, a un más allá. Es una metafísica, una religión, una idea del hombre y del cosmos”. Poco a poco, sin violencias, Camejo ha ido depurando una visualidad que intenta atrapar momentos, situaciones, desperezándose de una discursividad agotada para inscribirse en una dimensión más sincera y menos artificiosa de la palabra y la imagen. Intenta posicionarse (o autoencontrarse) extrañando continuamente toda certeza, como burlándose de ellas. Pone al descubierto, sin embarazos, nuestra ineptitud visual y, lo que es mejor, nos involucra en la magna empresa del re-descubrimiento.
El segundo, en estrecho diálogo con el anterior, se relaciona con la progresión (entendida igualmente como pérdida productiva) en el ámbito del procedimiento, correspondencia que no deja de ser entendible. La articulación armónica de una praxis que permita sustentar un constructo ideotemático es inherente a cualquier forma de expresión, sea artística o no. De lo que se trata entonces es de homogeneizar ambos momentos en función de asignar a la obra determinada solidez estética. Repasando pues este continuo, nos movemos entre un cuestionamiento iniciático del mecanismo lenguaje-representación, pasando por el rejuego textual (citas, comentarios lúdicros, etc.) hasta arribar a un terreno en que la habilidad, el oficio, más que un medio, más que texto mismo sobre el que se discursa, comienza a ser asimilado por la idea. Y no precisamente en el sentido de subordinación sino de imbricación, de simbiosis solidaria en función de una voluntad, por qué no, discursiva.
Pero quizás estos señalamientos tampoco sean de mucha utilidad. La circunstancia misma de que estas obras desequilibren nuestros mecanismos de aproximación a la imagen denuncian su intrínseca estupidez. La imagen subyacente, aquella que escapa al ojo cotidiano, se resiste a ser evaluada o tan siquiera mínimamente narrada. Su fin, si es que puede señalársele alguno, escapa felizmente a nuestra voluntad imperiosa de historiar motivos, de hilvanar sucesos y parcelar hechuras. Más que dirigir la mirada, de conducirla hacia un momento memorable, intenta convertirla en observatorio desde el cual trazar un nuevo horizonte que se despliega por encima de nuestros rituales urbanos, de nuestra voluntariosa movilidad citadina.
Siempre que me acerco a estos cuadros siento, y creo que de lo que se trata por sobre todas las cosas es de compartir lo que sentimos, que me inmoviliza su abrumador estatismo. Una lluvia que cae incesante e irremediablemente; la luz de los autos, del Morro, de las farolas, de lo que ya no está que, como la de cualquier estrella, sigue llegando, seguimos percibiendo aunque haya dejado, efectivamente, de existir; personas atrapadas por siempre en medio del tráfico, con la leche de los niños, el periódico de la mañana, frenéticos ante el horario inclemente; el asombro del transeunte por el detalle mínimo, el momentum efímero sobre el muro del malecón, junto a la vieja bicicleta. Pero llego a preocuparme aun más al contemplar en ocasiones esa vorágine como diluida en el vacío, como empezando a ausentarse de lo cotidiano, sumiéndose lentamente en un horizonte de cielo y asfalto, de luz y cemento, que termina todo en un mismo color, en una pálida y casi imperceptible estela de silencio.

Ariel Camejo
Enero, 2006.
 

Ultimo cambio: Nov 13 2010 en 10:46 AM

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